Él carga a su pequeña en los hombros, pero parada. Ella dobla sus rodillas con un ligero rebote. Se le admira su perfecto equilibrio y cuando uno piensa que ya vio todo sostiene unas pelotas y juega al malabarista. Su mirada se concentra en un punto: vigila todas las esferas. El sol rebota en sus rostros de bronce pulido y la desigualdad de sus vestimentas. Conocen la duración del semáforo como una materia escolar, se asoman a las ventanillas con la expresión menos miserable del orbe y repiten el acto con esporádicos descansos hasta la puesta de sol.
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