Me recuerdo con el sol en la frente y el reflejo de la arena en mi mejilla. De un salto me puse de pie y fui corriendo hasta la orilla de la playa. Me puse las aletas y comencé a nadar. Entreabría los ojos y sentía el frío del agua sobre su mi piel caliente. Cuando me siento cansado, triste o agotado del día a día en mitad de esta gigantesca ciudad, cierro los ojos, y vuelvo a sentirme allí, en paz.
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