En su universo era delito enamorarse.
La condena fue, 33 años de arresto domiciliario con algunas salidas consensuadas.
Junto a él, los ojos color sol que provocaron el delito.
Como agravante tras un tiempo, se les impuso la tutela ex aequo de dos pequeños torbellinos.
Hubo momentos de redención y no creer en el amor, pero no existe el motivo que valga el duelo de dar la guerra por vencida.
Y fue llegando al final de su cadena perpetua, cuando recordó a su lado el joven rostro más bello jamás creado, y sus últimas palabras en el juicio.
Sí, quiero.
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