Ahora miramos a los ojos. Hemos explorado los agrios ojos grises de la muerte. Hemos mirado a la soledad a los ojos y le hemos plantado cara. Un telón añil ha cambiado la dirección de nuestra mirada hacia los focos brillantes de nuestros vecinos y hermanos. Hemos redescubierto aquel tesoro tiempo ha perdido. No la veíamos; pero la quintaesencia del alma humana estaba, y está, en aquellos iris: puertas azures, caobas y ónices. Puertas de todos los colores, perdidas y reencontradas, que nos han llevado a conocernos de verdad, a conocernos de nuevo.
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