Al tatuador le sorprendió que le llamasen desde una residencia de mayores para concertar un trabajo con él, su asombro aumentó cuando vio llegar a una señora anciana cuya silla de ruedas era empujada por su cuidadora.
-Es para borrarme un tatuaje -dijo la señora.
-Déjemelo ver -respondió el tatuador. La anciana le mostró la cara interior de su muñeca derecha en la que aparecía escrita un nombre de varón. -Un antiguo novio, supongo.
-¡Qué coño, ojalá! -replicó la vieja-. Así se llama mi hijo, que con ésta van tres navidades que no viene a visitarme a la residencia.
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