El día que vi a Julia, mi bibliotecaria, paseando un caniche por el parque, el corazón me dio un vuelco. Fue verla y pensar en Chéjov. Mi pasión por la literatura me impedía separar la vida de la ficción. Me acerqué a saludarla y me confesó que su matrimonio había entrado en una fase de stand by. Se habían tomado un tiempo de reflexión. Ahí mi corazón comenzó a desbocarse como un tiovivo sin control. Al día siguiente, ya en la biblioteca, le devolví Retorno a Brideshead y le pedí que me buscase La dama del perrito. Era un comienzo.
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