Ya está todo listo para el sacrificio, se preludia la tragedia: acólitos equipados con gruesa cuerda para inmovilizar al reo, ardiente tea para chamuscar su piel blanquecina, oficiante armado de afilada y reluciente daga… Ha llegado el momento: los subalternos encaraman hasta el ara el cuerpo de la ofrenda, el oficiante asesta un certero golpe en plena yugular y la sangre mana al instante, empapando la tierra; el caliente líquido brota con fuerza, quedando en un hilillo escarlata a medida que se apagan los estertores del jabato.
Horas después saboreamos unas excelentes morcillas, recién salidas de la humeante caldera.
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