Acudía al parque a escribir todas las mañanas. En un banco próximo, un anciano dirigía siempre su mirada al mismo punto. El día que pensaba saciar mi curiosidad el anciano no acudió y no lo hizo nunca más.
Visité el parque durante años y poco a poco mi mirada se fue dirigiendo al mismo punto que, años atrás, mirara el anciano de mi juventud.
Un día observé que un joven que escribía no paraba de mirar hacia donde me encontraba. Si sentía curiosidad más le valía darse prisa, pensé, pues mis días en el parque estaban a punto de extinguirse.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.