No recuerdo cómo llegué al sueño. Solo que escuché una voz como pegada a los granizales de la pared. Después una mano larga, como dos cristales azules, atravesó el pasadizo y se me hundió cerca del cuello. A la mañana siguiente, la dueña de la pensión, ratificó ante la policía: apenas dejé de ver hacia el callejón, sentí que a la medianoche abrían la puerta y alguien se dejó caer en la cama y fíjense, hoy, aparece un muerto. Todos se retiraron, solo quedó la mujer acariciando el lomo de un gato, aparentaba agradecerle el cumplimiento de una orden secreta.
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