Aquel chaval pensó que el Monumento a Galdós del Retiro era un buen escondite para no ser encontrado por sus colegas.
Atisbando por detrás de la gran base de piedra blanca, alcanzó a ver un caballero maduro vestido a la usanza de un siglo atrás: lucía sombrero de copa y abrigo de color castaño. Le oyó suspirar tras el bigote cano, al tiempo que retiraba las gafas metálicas, y creyó notar que enjugaba un par de lagrimillas…
- Debemos marcharnos, Don Benito – un agente ministérico tomó del brazo al caballero – Todavía le quedan a usted muchas páginas para escribir.
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