Cuando la mañana sacudía la escarcha al sol naciente, las hadas del sueño se volatizaban. Aldea despertaba abriendo sus sentidos a ruidos y olores que llegaban de la cocina: la paleta repiqueteando en la sartén y el olor a migas cocinadas con amor. Aldea apremiaba al padre que le echara las migas. Él le decía que las migas para que se dorasen necesitaban ser lanzadas por la chimenea. Así que debía salir al jardín, cerrar los ojos y desearlas de todo corazón. Sólo así las migas llegarían a su cuenco.
¡Qué ricas estaban las migas mágicas de padre!
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