Romualdo el titiritero hace bailar a sus marionetas en la calle. Los niños ríen y algunos curiosos depositan monedas en su sombrero. Después de seis canciones, Romualdo levanta el escenario y camina buscando otra esquina propicia. Al final del día, solo en su habitación, cuenta el poco dinero que reunió. Guarda con amor sus marionetas y se acuesta en la humilde cama. Antes de dormir, desata los hilos que penden de su propia camisa, pantalón y cuello. Ahora puede soñar libremente, ojalá algo bonito. Debe aprovechar, pues mañana se enganchará los hilos de nuevo y saldrá a titiritear otra vez.
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