El siniestro sonido del carrito del enfermero acercándose por el oscuro pasillo del hospital le despertó erizándole la piel. La puerta se abrió despacio y una sombra penetró con sigilo en la habitación para realizarle la extracción de sangre de cada noche. Sin fuerzas para luchar, fingió dormir. Sintió un leve pinchazo y la desesperación de saber que el alma abandonaba su cuerpo con cada gota que perdía. El destello de una sirena tiñó de rojo la estancia permitiéndole ver por última vez los afilados colmillos de aquel horrible ser que se alimentaba de su sangre.
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