Agarrado como podía al árbol, Julián, comenzó a aceptar el hecho de que la rama que lo sostenía no aguantaría mucho más, y que pronto estaría a merced de su perseguidor, cuyo incesante ladrido, le taladraba la cabeza. – Así revientes, bestia asquerosa. – Gritó, desesperado.
De repente, un silencio absoluto, sustituyó al agobiante acoso al que estaba siendo sometido, un segundo antes. El perro lo observaba en silencio. Con una extraña tristeza en la mirada. Luego se marchó. Lentamente. Volviendo, de vez en cuando la cabeza. Con clara aflicción.
- Tampoco es para ofenderse. – dijo Julián bajándose del árbol.
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