Eran horas bajas, sus piernas le pesaban más que de costumbre, aún así salió a pasear.
Anduvo sin rumbo, desganado, apoyado en su bastón y entonces la vio.
Su porte le atrajo, su rostro era bello y sereno.
Ella pasó junto a él, lo miró, le sonrío y él, turbado comenzó a soñar.
Al día siguiente se levantó temprano -tengo que volverla a ver- se dijo.
A su edad le pareció una idea ridícula, pero su corazón comenzaba a acelerarse.
Por primera vez en mucho tiempo se puso su sombrero, abrió la puerta y olvidó el bastón...
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