El cubo cae al fondo del pozo. Solo hay roca, simiente y ramas. La oscuridad avisa al niño de la oquedad y este sube el cubo, vacío de vida. Lo coge y emprende el camino hacia el siguiente pozo. Quizás allí haya, piensa. En los pies descalzos del niño llueve, pero no es agua del cielo.
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