Estoy agotado. Esta rampa del Camino no figuraba en mi guía. Nuevo destino: Larrasoaña, a cinco kilómetros. Camino dos horas entre trigos agostados; el sudor me ciega. Cartel: «Larrasoaña, 5 km». Me exaspero. Sigo. Nuevo cartel: «Larrasoaña, 5 km». Por primera vez dudo del camino... y de mí. Continúo. Un tractor rompe el silencio
—¿Voy bien a Larrasoaña?
—Sí. A cinco kilómetros.
Acabo rendido bajo la escasa sombra de un árbol seco. Enfrente, otro cartel parece burlarse de mí: «Larrasoaña, 5 km». Una gota de sudor alcanza mis labios. Saco la lengua. La mosca llega antes.
Las cigarras siguen cantando.
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