Si Dios me concediera un cuarto de hora para desatar la mortaja y asomarme a la Villa, no me espantarían vuestras carretas sin mulas ni vuestros espejos parlantes. Me helaría el alma comprobar que el ingenio se ha vuelto mendigo de un aplauso en miniatura. Antaño matábamos por un soneto; hoy, os desangráis por la mirada de mil ciegos.
Decís que habéis vencido a la distancia, pero os oigo hablar solo con las sombras de vuestros bolsillos.
Si levantara la cabeza, señorías, no sería para juzgaros, sino para pedir que me vuelvan a tapar inmediatamente.
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