La película fue excepcional. Más lo fue encontrar a quien me entendiera. Su mano, anillo de estrella, subió por mi pierna en el coche, rugiendo a caballos salvajes. Su voz, nube de algodón, susurraba sueños blancos. Amaba la vida.
Paró en un páramo. Sus dedos, puñales; su voz, truenos del diablo. Arrancó mi ropa.
Paró en un páramo. Sus dedos, puñales; su voz, truenos del diablo. Arrancó mi ropa.
Entonces, entre sus gruñidos, solo escuché el chasquido seco de mi bolso. Un destello. Olor a azufre.
Él se quedó mirando el agujero en su pecho, sorprendido. Yo, con la recarga humeante, susurré: "Gracias por la cena, cariño. La función ha terminado".
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