El paso subterráneo de la estación olía a humedad. Apresuré el paso, deseando alcanzar el final y salir al frío de la noche. A mitad del pasillo, el sonido de mis zapatos rebotó en los azulejos con un eco extraño, que llevaba medio segundo de retraso. Me detuve en seco. El ruido tardó un instante en dejar de oíser. Con el sonido de mi corazón resonando en mis tímpanos, corrí hacia la oscura calle. Al salir, me giré jadeando para mirar el túnel. El pasadizo estaba vacío, pero mi propia sombra seguía allí dentro, caminando despacio en la dirección contraria.
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