Mi abuelo cazaba palomas blancas, pero él nunca hizo la guerra. Hubo un día en el que me pidió romperle el cuello. No me atreví. A pesar de estar muerta, sentía su mirada sobre mí. No obstante, la desplumó y la partió frente a un niño con miedo. Nunca había visto tanta simpleza en un acto. Cerré los ojos y recé por su perdón.
Hoy también los cierro al recordar ese momento cuando me piden que al hijo de una madre lo desplume con plomo sin saber su nombre o su país. Mi abuelo está muerto, ¿quién rezará por mí?
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