Klau aguantó en silencio. Al otro lado de la mirilla estaba el repartidor con un paquete en la mano. Volvió a tocar el timbre. A Klau le encantaba el hoyuelo de sus mejillas, pero, una vez más, no se atrevió a abrir la puerta. El repartidor resopló e hizo el amago de llamar a la vecina de enfrente, aunque finalmente desistió. Klau corrió hasta la ventana para verlo salir. Solo alcanzó a ver su torso mientras subía a la furgoneta. Cuando desapareció, buscó el teléfono móvil y, otra vez, compró cualquier cosa con la esperanza de volver a verlo mañana.
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