Mi última voluntad fue un plato de michirones que quise compartirlo con mis verdugos, unos adolescentes que me confesaron que sería su primera ejecución. Declinaron la invitación por andar angustiados, así que comí hasta saciarme.
No protesté la sentencia. Soy realista y entiendo cómo son las cosas. Las pruebas eran claras y los testigos fiables. Disparé tres tiros a ese hombre importante.
El capitán del pelotón dio la orden de disparar y ninguno de esos chiquillos acertó. Me hubiese gustado instruirlos para que esto acabara pronto, pero no sé manejar un arma, en mi vida disparé una.
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