El Programa de Coexistencia Corporal fue una estafa. Dijeron que mi cerebro sabría adaptarse, que los nuevos circuitos aprenderían el idioma del amor.
Ahora somos uno, un cuerpo para dos, aunque a veces no sé quién fuma ni quién desea los zapatos de baile. Mis rodillas se mueven con una gracia que no recuerdo haber tenido, y la melancolía me llega por besos que no di.
Por las noches soñamos con citas dobles. Y al amanecer, ella se queda despierta en mi nuca, silbando una tonada que desconozco.
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