El relojero guardaba el tiempo en botellas, corchos que eran años que nadie quería olvidar. Había una guardada en el armario: "abrir solo en un momento muy especial".
Pasaron bodas, muertes y nietos. Hasta que una niña entró, llevaba un barco en las manos y vio una botella brillante. Abrió el armario, escuchó una voz que le susurró "ha llegado el momento" y la botella se abrió mágicamente. El barquito se deslizó por el orificio.
Y el tiempo por fin navegó, entre olas de recuerdos e ilusiones infantiles.
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