Estática volvía a encontrarse en aquel precioso prado una temporada más. Echó la vista atrás y recordó las duras etapas anteriores. No conoció a sus padres, creció en comunidad con otras como ella y soportó días de oscura tormenta; todo pesaba.
Llegó el día, estaba ilusionada. ¿Se cruzaría con esos ojos verdes relucientes y llenos de vida? ¿Se fijaría en ella por fin? ¿Podría rozar sus manos?
¡Ey! ¡Aquí viene! ¡Está preciosa! ¡Me ha mirado! ¡Me ha rozado!
Y con el corazón estremecido, la amapola ofreció su último suspiro a manos de esa niña que la colgó en su pelo.
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