viernes, 17 de julio de 2026

Fe de vida (La Viuda de Nadie)

Cada enero, el banco me exige demostrar que sigo viva. Mis hijos, en cambio, llevaban años preguntándole al notario, calculadora en mano, cuánto tardaría yo en morirme.

Hoy fui a renovar la fe de vida. La funcionaria, veinteañera y compasiva, preguntó si venía acompañada.

—Sí. Por mis herederos.

Señalé las tres urnas del carrito.

No puso buena cara. La juventud confunde sinceridad con mal gusto.

Firmó el certificado sin pedirme más pruebas.

Al salir, mis hijos sonaron dentro de sus vasijas: la cuesta tiene adoquines.

—No protestéis. Vosotros queríais que dejara de ser una carga.

Y seguí empujando mi jubilación.

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