Caligrafía
Mi padre corregía a mi madre en rojo. La sopa llevaba poca sal, la falda demasiada tela, la risa demasiado volumen. Cuando se enfadaba, le corregía la cara.
Una mañana, ella dejó sobre la mesa un cuaderno lleno de faltas: una maleta, dos billetes, tres llaves. Él leyó, buscando dónde imponer su letra.
—Esto está mal escrito —dijo.
Mamá me tomó de la mano.
—No. Por primera vez está escrito por mí.
Cruzamos la puerta. Detrás, mi padre gritó nuestros nombres.
Ella no se volvió.
Yo tampoco.
En el rellano, mamá cerró el cuaderno. La última página quedó en blanco.
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