Herencia
Cuando murió mi madre, mis hermanos se repartieron la casa, las joyas, las fotografías y la vajilla.
A mí me dejaron su voz.
Ninguno la quiso.
Desde entonces, cada mañana, antes de salir, la escucho preguntarme si llevo las llaves.
Cada noche me recuerda que apague el gas.
A veces me riñe por llegar tarde.
El médico insiste en que son alucinaciones propias del duelo.
No le contradigo.
Si supiera cuánto silencio hay en las casas donde nadie vuelve a preguntar por las llaves, entendería que algunas voces no se quedan para asustarnos.
Se quedan para seguir siendo hogar siempre.
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