MORDERSE LA LENGUA
Aguanto mal cualquier contrariedad, aquél martes en el que me mordí la lengua me hice un daño horrible, se me quedó grabado para siempre, el martes y el dolor.
Maldije mi suerte y los pistachos que estaba masticando con una fuerza tal que cuando acaeció el suceso vi las estrellas, todos los astros del cielo se posaron en mis ojos, pude ver sus destellos.
Para más inri y para mi propio escarnio, cuando se lo conté a un amigo me dijo: “has tenido suerte, te podías haber envenenado”. Se quedó tan ancho.
“Positivo”
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