La nube de cabezas del andén comienza a deslizarse tras la ventanilla y sonrío porque Luna ha olvidado su libro. Ese no es su nombre, sino el astro que ilumina la portada. Nuestros encuentros son eclipses cotidianos de lentos párpados y apenas dos paradas; bailes de miradas sobre una flecha, blanca y roja, que mueren en la estación al alba. Finjo leer la novela, titulada «Cercanos», mientras trazo un sonrojado «Creo que esto es tuyo» sobre mis labios. Y circulo de puntillas sobre las arqueadas vías de cada sonido hasta que el apeadero barre el lateral del convoy.
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