Sara afrontaba el encargo más difícil de su carrera como ilustradora judicial: retratar a su marido, Carlos, acusado de un crimen que no había cometido.
Entonces, cuando llamaron al último testigo y el fiscal pidió que identificara al acusado, Sara vislumbró una posible salida. Bajó la vista y acercó la goma al papel.
Borró la nariz.
—¿Es él? —preguntó el fiscal.
El testigo dudó.
Borró la mandíbula. Después, el dibujo entero.
Y cuando Carlos hubo desaparecido por completo, Sara borró su firma en la esquina del folio y fue a reunirse con él, allí donde lo hubiera llevado el papel.
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