Marina enfermaba por el mero hecho de tener que enfrentarse a los avatares de la vida. Hasta el más mínimo problema cotidiano resultaba un motivo de profunda desazón y sufrimiento para ella.
Una cita amorosa o un examen de matemáticas, bastaban para desencadenar en su cuerpo una sucesión de taquicardias, cefaleas, pruritos, eccemas, diarreas, vómitos, fiebres y sudores.
Y es por ello que, cuando murió, estaba perfectamente sana.
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