Todo comenzó a cambiar una tarde de otoño en la que decidió saltarse la merienda. Al día siguiente esquivó la charla del desayuno.
Pronto abandonó la bicicleta del gimnasio, las lecturas en la biblioteca, los paseos por el jardín y aquellas citas en los servicios de peluquería y podología que su hija insistía en reservarle.
En la residencia todos culpaban a la vejez, pero era otra cosa: con cada descarte se sentía más ligero. Le inundaba una invencible pereza de vivir.
Hoy, por fin, ha resuelto dejar de respirar durante ese minuto que dura el insoportable perfume del nuevo enfermero.
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