Antes de que el miedo doméstico se instalara en mi vida y me obligara a usar una máscara —no contra un virus, sino contra mí misma—, fui Baya de Oro. Vivía con mi Tom Bombadil junto a un río susurrante, recogiendo lirios en crepúsculos dorados.
Pero los sueños se trocaron en temblores, el amor en un escenario vacío, y las caricias en yunque golpeado por la rutina. No es fácil ser mujer en un bosque donde la esperanza duerme. Aún hoy me cuesta aullar a la luna como una loba esteparia.
Sin embargo, algo quedó tras la ruina: el pulso leve de una raíz intacta.
Sigo aquí. Las mujeres, como los árboles, mueren de pie.
Y algunas, incluso ardiendo, florecen.
Y algunas, incluso ardiendo, florecen.
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