Tres salidas
Las salidas eran pocas. Solo tres.
Unidad de agudos.
Centro penitenciario.
La muerte.
Las escuché tantas veces en terapia que acabaron sonando a tópico. Hasta que dejaron de serlo.
La última raya no buscaba euforia. Solo apagar el ruido. Entonces la muerte dejó de parecer un final y empezó a parecer un descanso.
Las luces me herían las retinas mientras me examinaban. Yo solo pedía una dosis más. Diez días entre correas, gritos y el olor a orín viejo.
Hoy escribo esto limpio.
Sobrio.
Vivo.
No porque encontrara una cuarta salida.
Porque decidí dejar de caminar hacia las otras tres.
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