«Un escritor que no escribe es un monstruo que corteja la locura», leí a los 9 años, disparando precozmente mi primer relato.
Cortejar, tuve que buscarlo, era como «hacerse novios». Las demás palabras las entendía: escribir (lo que me gustaba hacer durante el día), monstruo (lo que, terroríficamente, insistía en permanecer bajo mi cama de noche) y locura (lo que según papá le pasaba a mamá).
Y escribí.
—Hola, señora Locura, quisiera ser su novio.
—Vale, señor Monstruo, hoy seré su novia, pero muy probablemente mañana no.
—No importa, muy probablemente yo mañana le haya devorado a usted las entrañas.
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