- ¡Corre! - grito, desesperada.
Pero él se mantiene inmóvil, admirando lo inevitable. Aceptando el sacrificio y regodeándose en su destino. Rezo porque el bullicio no ahogue mis súplicas. Pero mi corazón sabe que se ha dado por vencido. Corro hacia él para ferrarme a su cuerpo.
- Quédate conmigo, por favor.
Cruza su mirada con la mía y seca mis lágrimas suavemente con sus manos expertas en sembrar esperanzas. Me sonríe.
- Siempre estaré contigo.
Pero antes de poder interpretar sus palabras, la guerra nos alcanza. Me empuja apartándome de la trayectoria de la muerte. Ésta tenía un nuevo rehén: su alma. Observo su sangre verterse silenciosa entre el caos. No solo por su pueblo, sino por la libertad y por mi vida.
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