En la habitación, tendido en su camilla, Ulises cuenta los segundos que le llegan como ecos desde el reloj de la recepción: "cloc", -veintiocho...
Parpadea y descubre que sigue vivo.
Le dijeron que algo se lo come por dentro lentamente, en silencio, sin dolor.
Desde entonces ensaya la muerte cortando la respiración.
<<Duerme tranquilo>>, dice una enfermera, mientras él avanza un segundo más: "cloc", -veintinueve...
No escucha el número treinta. Veintinueve fueron suficientes, y lo comprende cuando escucha el eco de los segundos transformarse en lamentos desesperados, y entiende tarde que el río canta porque muere, que la vida es bella porque se acaba y que el mar ruge y que el tiempo llora porque la eternidad es una quimera.
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