Aquella mesa de la cocina fue la melancolía del silencio. Era de madera de pino, tenía dos cajones y patas de aguja. Era como un estandarte que presidía nuestro amanecer. Allí vi crecer a mis hermanos mientras se alimentaban de la leche materna. A mis padres detener el tiempo en un beso fugaz. A mis abuelos dormirse mientras pelaban la fruta y nombraban la nada. Y vi las fronteras de la vejez, esparcidas como ceniza, al amparo de aquella penumbra convertida en tabla. Fui testigo de aquello que es ahora como soplo eterno. Sigue siendo el suelo de nuestras manos.
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