Acabábamos de decirle adiós en su funeral.
Pero deseaba volver a encontrarme con él en su biblioteca. A solas. Pasear por su estudiado desorden y aspirar su perfume que aun andaba revoloteando entre el polvo acumulado y sus libros.
Quedaba en su escritorio ese poemario a medio leer. Y la tinta de su pluma todavía fresca. Además, esa botella de vino que solía acompañar a su inspiración. La abrí y sentí que las musas se escapaban para acompañarle más allá del final de su historia.
Así que me serví una copa y brindé por él.
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