Un alto muro de piedra se erguía tras él, coronado por aquel gato negro; conspicuo; de largos bigotes grises que se desvanecían contra el cielo plomizo. Y unos ojos azules como la mar salada. Al pie de aquel paredón salpicado de sangre, Rodrigo tenía la mirada perdida en el infinito. El felino maulló y ladeó ligeramente la cabeza, examinando la inusitada escena. Rodrigo dejó escapar una voluta de humo por su boca; se arrodilló y bajó la cabeza. Aun caliente, el arma que portaba en su mano cayó, golpeando el suelo, y Rodrigo se sumió en el silencio para siempre.
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