Siempre había querido volar. Pero volar de verdad. Un vuelo auténtico y sereno, lejos de la ilusión elástica de las cuerdas y la ortopedia de los aviones. Lejos, incluso, de la ficción del paracaídas. Volar. Volar sin ataduras, entre el cielo el mar. En línea recta, en espirales o en picada. Como fuera. Como lo estaba haciendo ahora que caía libremente desde el más elevado de los faros.
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