Temblábamos de frío pero también de miedo y por la tensión acumulada. Me ofrecieron una manta y arropé a mi pequeño. Un café caliente me devolvió a la vida mientras él engullía con ansia un biberón. En la playa, un cuerpo yacía sin vida y al verlo no pude reprimir el llanto.
-¿Lo conocías?, me preguntó un voluntario.
-Solo de viajar en la misma patera, le mentí con un nudo en la garganta.
Nos llevaron a un hospital pero él se quedó allí, tirado en la arena mojada. Su futuro ya no existía. Tampoco el padre de mi hijo.
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