Con aquel bañador tan minúsculo y su porte, musculoso y apolíneo, nos pasábamos el verano mirándolo de reojo y haciéndole guiños desde la distancia. Fantaseábamos con que se acercara a nosotras y nos pidiese salir a alguna.
Todo era perfecto hasta que a Ruth se la llevó una ola y fuimos a pedirle ayuda a la torre de vigilancia.
Además de confesar que lo había contratado un tío suyo, concejal, sin preguntarle siquiera si sabía nadar, no se le ocurrió otra desfachatez que pedirme salir en semejante situación.
Le dije que sí, por supuesto.
A Ruth la salvó un inglés.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.