—¿Cuántos Credos me hará rezar, padre?
—Hija, yo no… —No podía evitar llamarla hija. Núbil, la describiría, pero su voz era tan inocente…, melódica. Arrodillada sobre la dura madera del reclinatorio aunque ya había venido con las rodillas rojas, la tenía a la altura de la cintura; llevaba las manos detrás del corto vestido carmesí. Ojos que miraban directo al corazón, tumb-tup tumb-tup tumb-tup, precipitándolo.
—Si abre la ventanilla le mostraré que mis pecados no son tan graves.
Eran mortales. El padre también era mortal. Se revolvía entre sus sábanas.
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