Él miraba cada una de sus extremidades extasiado, emocionado y ansioso. La trataba con suavidad; con delicadeza. Con ella había reído y llorado; se había enfadado, asustado, estresado y apenado. Escuchaba sus historias embelesado. Con sus dedos recorría su piel y con sus ojos su cuerpo. Tenía sed de aventuras, de misterios, de venganza, de viajar; de enamorarse… Al final quien se acabó enamorando fue ella, y no él. Efectivamente, la novela se enamoró del lector.
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