Desde los esmerilados cristales de la biblioteca contemplaba cansada el transcurso de un atardecer más. Era muy duro sobreponerse a las madrugadas en vela. En el alma se le acumulaban decepciones y restos de tristezas que allanaron el camino hacia la muerte.
A veces se sentía sola. Solo a veces.
Tomó el libro entre las manos. Lo colocó de pie, alejando la silla unos centímetros para contemplarlo con cierta perspectiva.
La soledad de la sala le permitía buscarse a sí misma. No esperó más.
El libro, sus oscilantes ideas y la despoblada estancia pendían de ella.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.