Ya estoy en casa. Nada más abrir la puerta, un cálido silencio me recibe. Lo inhalo despacio mientras avanzo por el pasillo. Todo está tal y como lo dejé aquel bendito sábado, excepto por el polvo acumulado sobre los muebles y el hedor a humedad. Ese tipo de cosas eran las que hacían enfurecer a Jaime, aunque ahora poco me importa. Ya no lo oigo gritar.
En el salón, iluminada por la luz del mediodía, suspiro pensando que ha merecido la pena cada uno de los once años que cumplí, para llegar hoy y encontrarme a solas con esta paz.
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