Rooney Deady surfeaba las secciones del diario con emoción contenida. Olfateando. Rastreando alguna pista que pudiera concederle una explicación. Noticias locales. Conflictos en el extranjero. Agenda cultural. Comadreos de sociedad. Finales deportivas. Nada. Broza seca. Y de pronto, camuflado entre anuncios por palabras, un recuadro con su nombre en titulares. Manos temblorosas. Pupilas dilatadas. Sudor frío por la espalda. No había ninguna duda. Descartada cualquier otra alternativa, Rooney Deady asumió la tozuda evidencia: el tipo que yacía inerte sobre su cama era el mismo que llevaba décadas saludándole tras el espejo. Bonita esquela.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.